Como ocurrió el pasado domingo, 21 de junio, en Cartaojal durante la representación de Bodas de sangre por un grupo de la EMUTE, dirigido por Paula Ramírez. De ese elenco forma parte quien intenta hilvanar esta crónica, con la emoción aún palpitándole en el pecho y un picor dulce en los ojos.
El calor achicharrante de la calle, a las seis de la tarde, se transforma en un oasis de frescor nada más franquear la puerta del salón de usos múltiples, tan sencillo como acogedor, y preparado con mimo. Juan Morales, el apaño y previsor presidente de la Asociación de Vecinos de Cartaojal, había encendido el aire acondicionado con tiempo suficiente para obrar ese milagro.
Todo el equipo lo agradece: este ambiente fresco favorece la concentración y la buena disposición de ánimo para que los nervios del estreno se templen y no se desboquen —pobres de nosotros el día que no sintamos esa puñalada en las entrañas—.
Rostros concentrados mientras preparamos el vestuario, el atrezo e, incluso, repasamos movimientos: entradas y salidas para adaptarlos a este nuevo escenario. Todo ello en un ambiente relajado. Concentración y relajación, los pilares de la interpretación teatral según el Método Stanislavski, trabajados en nuestras clases con Paula. Relajación para eliminar tensiones y liberar la verdad emocional, mientras que la concentración enfoca la mente; cambia el foco del mundo exterior —el público, los nervios— hacia el universo imaginario de la escena. Se trabaja mediante la memoria sensorial, aprendiendo a recrear sensaciones físicas reales —calor, frío, texturas— sin que el objeto esté presente. Ambas son el paso previo obligatorio para entrar en estado creativo y evitar actuaciones forzadas.
La cosa pinta bien: estamos concentrados y relajados. Conectados por miradas, sonrisas y gestos cómplices de empatía y apoyo. Somos un grupo muy peculiar, diverso hasta el infinito, que ante las dificultades suele hacer piña. Pendientes los unos de los
otros: ¡somos un equipo! Y nuestro director, el maestro más luminoso y paciente del mundo. ¡Es un sol! (Serás pelotas).
El público se acomoda en sus asientos y se crea un silencio sepulcral. Reconozco ese silencio respetuoso por las Noches Flamencas de Cartaojal (este año el 11 y 12 de julio, no se las pierdan). La representación fluye según lo previsto, con muy buenas vibraciones. Los espectadores no nos interrumpen en ningún momento con aplausos; intuyen que no nos conviene, además temen distraerse y perderse algún detalle. ¡Una sabiduría que nos maravilla!
Así es: no necesitamos sus palmas, todavía no; la cuarta pared va adquiriendo esa porosidad de la piel. Estamos concentrados, pero notamos sus respiraciones; su emoción contenida y su aliento nos llegan desde la platea.
Cuando cae el telón —que no cae en realidad, pero se han apagado las luces y saben que ha llegado el final—, ahora sí, los aplausos son atronadores. Se encienden las luces y, en el saludo, notamos una calidez humana que nos conmueve por su brillo; algunos no pudieron contener del todo las lágrimas. Muchos de nosotros tampoco. Una emoción compartida inunda la sala donde Lorca, una vez más, ha revivido.
Los asistentes apilan las sillas en un pispás, de manera que, de pronto, ese espacio queda convertido en una suerte de pequeña plaza de pueblo donde las personas del público —con el brillo de la conmoción alumbrando su mirada— reciben al elenco con veneración, abrazos y más aplausos.
Entonces aprecio lo variopinto de nuestro público: jóvenes, adultos y mayores de ambos sexos e, incluso, niños. ¡Y todos han guardado un silencio de tumba!
Allí me abrazo a Isabel, con la que tengo un vínculo más fuerte que los lazos de la sangre: fue mi niñera cuando ella era mocita y yo tenía unos meses de vida, hasta que cumplí el año y medio. Sin embargo, gracias al relato cómplice construido entre ella y mi madre, mi memoria emocional ha procesado los recuerdos de aquella época y los rescata ahora como si fueran míos.
—Juan, esas historias pasaban antes, conozco algunas... Si yo te contara... El amor no entiende de barreras.
Hablo con el hijo de Juan Morales, que tendrá como mucho unos doce años:
—¿Qué, te gustó?
—¡Mucho!
—¿Lo qué más?
Con una sonrisa pícara, alargando la palabra hasta el límite que le permite su respiración, responde entusiasmado:
—El beeeso.
—¡Anda, como a mí! Pero hoy me lo perdí.
Más tarde, en la cantina donde tomamos unas cervezas, se me acerca otro niño:
—¡Qué bonita la historia!
«Qué bonita tu forma de darme la enhorabuena», pienso.
—¿Cómo te llamas?
—Ricardo.
—¿Y lo que más te gustó?
—El desenlace.
—¿Y eso?
—Por lo que dice la novia... Ellos se querían, no eran culpables de nada, no tenían que haberlos perseguido y menos...
—¿Tú sabes quién era García Lorca?
—Sí, un gran poeta. Lo mataron y aún no han dado con su cuerpo.
En este punto, algunas de mis lágrimas llegan ya a empapar el pavimento. ¡Madre mía, qué subidón!
Cierro esta crónica rememorando el poema más popular de Lorca: La Tarara. ¿Que por qué? ¡Ay!, me sobran los motivos...
La Tarara, sí;
la tarara, no;
Porque la puso Carlos Saura en su adaptación de Bodas...
la Tarara, niña,
que la he visto yo.
Porque la canta mi mamá:
Lleva la Tarara
un vestido verde
Porque su abuela se la cantaba a una muy querida amiga y ella lo recuerda, ahora, con una punzada de nostalgia en el pecho:
lleno de volantes
y de cascabeles.
Porque deseo que me la cante a mí alguien muy especial, ¡y que la baile, que la baile!
La Tarara, sí;
la tarara, no;
la Tarara, niña,
que la he visto yo.
Porque en Cartaojal, ante un público entendido y agradecido, estas Bodas de sangre han lucido como:
Luce mi Tarara
su cola de seda
sobre las retamas
y la hierbabuena.
Porque muchos de las vecinas y vecinos de esta pedanía, si no aceituneros, son descendientes de ellos:
Ay, Tarara loca.
Mueve la cintura
para los muchachos
de las aceitunas.
¡Volveremos, Cartaojal! ¡A tu silencio sepulcral y tus aplausos cálidos y atronadores! ¡A vuestro saber estar en sillas que no están fijadas al suelo para que no suene ni un crujido en una hora y cuarto de representación! A vuestra forma de vivir el teatro: ¡como niños pasmados que se dejan llevar para entenderlo todo con una sencillez abrumadora, carente de artificio alguno!
¡Gracias, amigos, por dejaros seducir por la magia del teatro! ¡Gracias, Cartaojal!
¡Volveremos a tus brazos y tus arrullos!
(Escrito por Juan Antonio López Rama)
(Foto cedida por la Asociación de Vecinos de Cartaojal)









